No voy a negar mi predilección por David Cameron en las Elecciones Británicas del próximo jueves. El Partido Conservador es un partido amigo del PP, y ello a pesar de su abandono de la casa común de todos los populares en Europa (PPE) y ese euroescepticismo que en menor o mayor grado comparten todas las fuerzas políticas británicas.
Cameron puede estar a 48 horas de convertirse en el nuevo Primer Ministro si consigue sumar los apoyos necesarios para hacer frente a un sistema electoral que beneficia principalmente a los amigos del PSOE (Labour Party). Un sistema electoral que a mí siempre me ha gustado por la cercanía entre elector y representante –distritos uninominales y el que tiene más votos se lleva cada escaño-, aunque para mejorar la proporcionalidad debería reformarse algunos aspectos como que los distritos tengan un tamaño similar.
En dicho contexto ver la cara de derrota y agotamiento de Gordon Brown (cada día que pasa Zapatero se acerca a esa misma cara) contrasta con el empuje, la frescura y el reformismo que lidera el “Nuevo Conservadurismo” de Cameron. Lo curioso, allí y aquí, es que los mismos que otorgaban cualidades similares a Obama (con un mensaje fresco, con una dialéctica envidiable, con un dominio de la imagen y del discurso completamente nuevo), critiquen a Cameron hablando de su falta de experiencia o la excesiva importancia que se le da a las formas.
Pero la incoherencia ha llegado a tal punto que quienes deben apoyar a Brown (por cercanía ideológica tano política como mediática), y ven cómo poco a poco se hunde en las encuestas, piden el voto y dan cobertura total al Partido Liberal-Demócrata de Clegg (un partido que si está lejos de algo es del socialismo), para así reducir la capacidad de crecimiento de Cameron.
Creo que un Gobierno fuerte, sólido y con la mayoría necesaria es lo que hará que Reino Unido recobre la senda del crecimiento y la prosperidad de la que se ha alejado, tras 13 años el ya “Viejo Laborismo”
